Esperanza creativa
La esperanza es enfrentar un miedo y una desesperanza tan abarcantes, que no queda de otra que empezar a trazar un rumbo nuevo, haciendo como el que busca mirar hacia adelante, hacia el futuro, uno debe moverse, prepararse, rastrear y buscar el objetivo.
Solamente cuando estamos frente a una crisis, frente a una situación desesperada es cuando salen a relucir todas las ideas para resolver esa situación. Nos creamos el camino y ensayamos todas las opciones que antes ni se nos pasaban por la cabeza, pero que en ese momento pensamos “esto debe funcionar”, ¿o no?
La esperanza es creativa y es activa, porque nos lleva al sitio al que deseamos llegar, aunque no sepamos todavía cómo, ¡porque eso precisamente es lo que hace la esperanza creativa en nosotros! Un sentimiento que nos moviliza a encontrar soluciones, salidas y recursos, pero que no vive en la constante idea de que al final “todo saldrá bien” de alguna forma. Es decir, la esperanza no es optimismo.
Por ello, en el partido AREPA Digital, no proponemos al país vivir en una eterna mentalidad de creer que hay que sentarse a esperar que algo ocurra, que un supuesto líder de todos los venezolanos, o de una facción importante de la población, y menos que un líder de un país extranjero crea que debe hacer algo por nosotros (porque ningún “aliado” internacional hace algo por otro país sin recibir algo de vuelta).
En cambio, lo que proponemos es una actitud de perseverar en nuestras soluciones, caminos propios que afirmen nuestra identidad, nuestras creencias y nuestros intereses; los intereses de esta comunidad nacional llamada Venezuela, nuestro país.
Esta nueva actitud se basa en una forma distinta de visualizar la realidad, de una nueva forma de concientizar la crisis y la situación delicada de nuestro país.
Lo principal en este cambio de perspectiva es darse cuenta de que la división creada entre venezolanos es tan artificial como fracasada. En otras palabras, aquellos que siguieron la estrategia de “divide y vencerás” no lograron nada para el país, no lograron las metas de desarrollo. Por un lado, el chavismo, quien afirmaba que solamente aplicando con su ideología del “Socialismo del siglo XXI” podían lograr una sociedad más justa, más igualitaria, más solidaria y unida, terminó por generar mayor resentimiento entre los venezolanos, mayor hostilidad entre sus partidarios y detractores, además de haber extraído los recursos que entraban al país para despilfarrarlos en obras que nunca se concluyeron, en obras mal hechas, usándolos en beneficio de su propio partido o enviándolos a manos de funcionarios corruptos. Y por el otro lado, la oposición, quienes afirmaban que eran los únicos capaces de hacer que el chavismo dejara el poder y que con ellos llegaría la libertad, la paz y el progreso, pero terminaron por generar una mentalidad dogmática de amigo-enemigo, “o estás conmigo o estás con el régimen (contra mí)”, terminaron por recibir y administrar recursos estatales sin resultados positivos y bajo una opacidad importante; es decir, cometieron los mismos actos reprochables de baja transparencia y una actitud de inflexibilidad política.
Ante esto, hemos descubierto que la sociedad venezolana estuvo atrapada en dos polos, dos opciones cerradas entre sí, sin capacidad ni voluntad para reconocer al otro lado como complemento de la sociedad. Se han oído durante toda nuestra historia reciente distintos improperios que descalifican la humanidad del sector contrario, asumiendo cada uno como el garante de la verdad y de la preocupación real por el país; esto es, se afianzaron en ideas como “sólo si eres revolucionario, eres patriota” o “si apoyas al gobierno, no te importa el país”.
Esta lógica es cerrada, es una lógica falaz llamada “falso dilema” o “falsa dicotomía”, que son recursos de la retórica política simplista, propia de la Guerra Fría, que acomodaba a cada país como aliado del bando estadounidense o aliado del bando soviético. Es claramente una lógica caduca, no solamente porque ya hayan pasado décadas de la necesidad de mantener esa oposición entre potencias, sino también porque hoy día son varios los países que desafían esa lógica y tienen aliados de distintas facciones. De esto son ejemplos países como Catar, India, Israel (aliado histórico de EEUU, pero aliado de Rusia también).
Pero entonces, ¿ha habido algún beneficio de la polarización? No, para nada. ¿Entonces qué nos ha traído esta falsa dicotomía? Enfrentamientos, palos en las ruedas al progreso económico, político y humano, trayendo violencia entre venezolanos, entre hermanos latinoamericanos y hacia países que bien pudieran ser aliados estratégicos de Venezuela y otras naciones. Por lo tanto, el conflicto entre conciudadanos no ha tenido ganadores ni beneficios para la nación.
A esto hay que agregar que la polarización ha perdido sentido. Luego del 3 de enero, las condiciones en el país dieron un rumbo muy diferente, zanjando el conflicto interno entre venezolanos simpatizantes del chavismo y venezolanos simpatizantes de la oposición tradicional. Como se ha dicho, todas las acciones que asumieron y exacerbaron un conflicto entre venezolanos de un bando y de otro, impulsando a pensar que los demás eran indolentes con su país o deseaban su perjuicio, hoy día quedaron con las manos vacías, a la expectativa de lo que decida EEUU).
En este sentido, lo que pensamos en AREPA Digital es que todas nuestras acciones de ahora en más, requieren de un objetivo y esfuerzo comunes, es decir, de una unidad nacional de todos aquellos que se pensaron en el pasado como adversarios y como enemigos. Porque todo país exitoso, desarrollado o en crecimiento, mantiene un proyecto gobierne quien gobierne, pues se mantiene un pacto nacional de que las acciones de hoy se sostienen mañana.
La esperanza creativa es mirar al futuro juntos.
Ética de reconciliación
Cuando se asume que hay que aplicar una ética de la reconciliación en una región, país, estado, etc., es porque se presupone que existe un conflicto. Los conflictos, especialmente las crisis más extendidas en el tiempo y con gran impacto en la vida de las víctimas que padecieron sus consecuencias, rara vez nos devuelve a un estado de cosas que sea igual a la vida antes de la crisis.
Por esto, tal vez el primer paso para implementar un tipo de ética para una crisis nacional, que ha sido equivalente a un enfrentamiento entre coterráneos, sea el asumir que desplazando la etapa vivida, sus símbolos, instituciones o representantes, no se logrará eliminar las desagradables experiencias vividas.
La ética basada en una situación que amerita la reconciliación entre personas considera que es necesario un esfuerzo por perdonar, pues tiene la esperanza de que luego de la etapa de sanación de las heridas infringidas, se puede trabajar enfocadamente en el proyecto común de país. He allí su vínculo con un trabajo desde la esperanza y desde una ética particular.
Porque la reconciliación no se trata de olvidar, de no hacer nada con el pasado. La reconciliación es perdonar, aprovechando todo lo ocurrido, es hacer memoria de la historia, pues hay condiciones que cumplir, concesiones para que la contraparte se sienta en confianza de avanzar, para no profundizar en los conflictos anteriores.
Ni el odio mutuo, ni la retaliación son las únicas formas de honrar los sacrificios hechos en el pasado para un cambio de mentalidad, de las condiciones, de las instituciones, etc., sino que también existen otras formas de tener memoria de la historia:
Por consiguiente, asumir una ética basada en la reconciliación nacional es asumir también que no se pueden eliminar radicalmente ni tampoco súbitamente cualquier rastro de las condiciones que llevaron a la crisis, no solamente porque eso no es garantía de volver al estado de cosas anterior a la época de crisis (anhelo que es fácil de encontrar en quienes han víctimas directas del conflicto), sino porque la discordia pública no queda eliminada o superada de esa forma.
Lo que se asume es que sin los demás, no es posible llegar a un objetivo que sea satisfactorio para todos. Es la imagen del “remar juntos”, pues ningún puñado de personas, por muy preparados y bien intencionados que estén, podrán llevar a una nación a unas condiciones mejores, si el resto de la población “rema” en sentido contrario o para todas direcciones. En este sentido, lo que se concibe es una relación social de mutua dependencia, de interdependencia. Son muchas las instancias históricas de países que han logrado salir adelante cuando existe una planificación que entiende el aporte de todos, al mismo tiempo, es crucial. Casos como el colombiano, el coreano, el español o el chileno, nos muestran que las heridas, que el resentimiento, pueden ser el motor que nos lleve a ser un país en mayor concordia consigo mismo. Esto no quiere decir que no vaya a existir debate, ni que se niegue la posibilidad de que existan quienes no deseen colaborar con los considerados culpables del caos. Todo lo contrario, ese debate debe existir y debe ser público, masificado, al alcance de todos. Porque no estamos en un periodo como para que haya un sólo juez quien califique quién tiene la verdad en sus manos, y decida quienes deben pagar por sus acciones, sino que esa misma justicia es la que debemos empezar a pensar y construir.
La reconciliación es un deber cívico para avanzar, pero también es la derrota a los que dividen para ganar ellos.